viernes, 11 de mayo de 2012
Afrodita viaja en autobús
Ese día no iba a ser especial,ni raro, ni siquiera inolvidable. Ni más ni menos como otro cualquiera. Se asomaba un día largo, pesado y aburrido. Salir, andar, desayunar, trabajar, comer, trabajar, trabajar, ¿He dicho trabajar?, cenar y dormir. Despertarme, marchar, desayunar, trabajar, comer, dormir... Mi vida era una larga cinta de casete que siempre que terminaba volvía a empezar, un disco rayado que continuamente reproducía la misma canción, un viaje monótono e interminable que se repetía todos los días de mi eterna existencia. No había novedades, ni sorpresas, sólo una vieja rutina, sucia y amargada que se reiniciaba una vez tras otra, sin cambio alguno. No había nada del ayer que no hubiera echo hoy ni nada que no haría mañana. Si buscara un término para definir mi vida creo que la forma más clara posible sería dibujar un espiral. Sí, mi vida era un espiral, un completo y absurdo espiral.Siempre pensé que me quedaría anclado en la misma linea de esa figura, atrapado para el resto de mi vida. Un molino que siempre giraba en la misma dirección.
Me parecía estúpido que me preguntasen qué había echo hoy o tal vez cómo me iba todo. En respuesta a ello confesaré que mis palabras siempre estaban cargadas de una tremenda hipocresía al contestar que todo iba bien. Ridículo, ¿Bien? ¿A esa vida grotesca le atribuía el adjetivo positivo de bien? Inhumano... Aveces me asombro de lo falso que puede llegar a ser el ser humano. Lo cambiante para los demás era eterno para mí.
He oído tantas estupideces al largo de mi vida que ya no me asombra nada. Alomejor ese es el problema que ya nada me asusta ni me sorprende, soy inmune a la estupefacción y ninguna cosa me causa desconcierto. Aveces me pregunto cómo he llegado hasta cierto punto o cuál fue el momento que empecé a sentir que mi vida era un vaso vacío, seco sin rastros de que algún día estuvo saturado hasta arriba de vida, lleno de agua.
Creo que después de esto nunca me hubiese imaginado que mi vida, tal y como la conocía, haría un giro de 360º en las coordinadas 22, 10. La brújula de mi vida se había vuelto completamente loca. ¿Coger las riendas de mi vida decís? ¡Jamás! De este tren, locomotora o como queráis llamarle yo no me bajo. ¡Sí, estoy loco! ¡Y qué más da! ¿Acaso alguien se acordó de mí cuando vivía desamparado y huérfano del sentido de la vida? ¡Nadie! Estoy en el pleno éxtasis de mi existencia, en la mismísima cresta de la ola. Oírme, ¡Soy el rey del mundo! Parece ser que algo de razón tenían. Después de la larga tormenta aparecen los primeros rayos de sol y luego la estrella entera.
Sin ese autobús mi vida hubiera permanecido infinitamente igual. Ese vehículo largo con el morro sobresalido, amarillo chillón y con publicidad del Merkamueble, el paraíso del mobiliario, cambió mi vida por completo. Esa mañana no había salido pronto como de costumbre y llevaba el tiempo justo para llegar a la estación. Mi tiempo corría por momentos y hasta me había abrochado los botones de la chaqueta marrón de pana en el ascensor. Creí no dejarme nada pero mis suposiciones fueron falsas, las llaves de la oficina se habían quedado en la mesita de noche. El día anterior había llegado tarde a casa. Ya eran las nueve y aún me esperaba una ducha bien caliente y preparar algo de cenar. Al llegar lo primero que ice fue sacar las llaves de la chaqueta y dejarlas en la mesita de noche y luego sin pensar me tiré en la cama y me puse a mirar hacia el techo pensando en el duro día de trabajo. Papeles, archivos, los ojos cansados delante la pantalla del ordenador... Pero diré que mis pensamientos se desvanecieron al nada y empecé a mirar las musarañas como de costumbre. Retrocedí y volví a casa. El reloj no me acompañaba, llegaría tarde y el tren se iría sin mi. Cogí las llaves y una manzana, mi estomago había empezado a rugir como un león hambriento. Anduve hacia la parada del autobús. Aún me quedaban unos metros y mis pasos ligeros permitían que ganara unas cuantas milésimas de segundo. Me paré en el semáforo. Como de costumbre, rojo. No sé como me lo hacía pero nunca encontraba los semáforos en verde y tampoco los coches se paraban cuando me disponía a pasar un el paso de cebra. Mientras esperaba vi como se acercaba el autobús. Pasó por delante mío. Línea 22, próxima parada, Paseo Mingo. Bajé con resignación la cabeza esperando que la lucecita se pusiera verde. Al escuchar el sonido del tubo de escape del inmenso animal levanté el rostro y en ese momento quede paralizado. Las agujas del reloj dejaron de avanzar, los coches, las motos, todos los vehículos estaban petrificados. Delante, en el reflejo de mis ojos había clavado un completo e extraordinario espejismo. La misma Afrodita, sentada en los asientos traseros del autobús, apoyada con el brazo en la ventana y la cabeza en su mano derecha. Tenía el rostro serio y la mirada perdida. Su cabellera castaña con reflejos dorados deslizaba sutilmente sobre sus hombros y sus labios intranquilos,carnosos, rojos como la sangre ocultaban su maravillosa sonrisa. Sus pestañas largas parecían sacadas de una revista de belleza, sus ojos verdes esmeralda eran la joya más hermosa que jamás podría poseer cualquier joyería. Sus cejas finas perfilaban su rostro y su mirada transparente desnudaba su inocencia frente al mundo que la rodeaba.
En la vida había visto cosa igual. Sus rasgos, su mirada, su piel blanca y suave. Si la perfección existía estaba toda reunida en un mismo cuerpo. Mi pequeña Helena de Troya, princesa de las princesas, diosa del Olimpo, mi querida Afrodita. Leí Blancanieves, La Cenicienta incluso la Bella y la Bestia pero jamás de los jamases había contemplado algo igual.
De repente todo volvió a despertarse como si por momentos el mundo se hubiera echado una siesta de 20 minutos. Su mirada perdida pareció encontrar un punto fijo. Su mirada se cruzó con los ojos que la admiraban. Tímidamente desprendió media sonrisa y sus mejillas se ruborizaron.
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