jueves, 2 de febrero de 2012
¿Nevó?
¡Ya iba siendo hora! Un momento, ¿No es Navidad? ¡Es verdad, estamos en Febrero! Sí, el mes más corto del año. Pero creo que en estos instantes me da igual. Me da igual ocho que ochenta, me da igual hoy o mañana, porque hoy no le hago caso ni al calendario ni al reloj. Abrí los ojos temprano, creo que ni la claridad se había levantado aún, la ventana estaba helada impregnada del vaho de toda la noche. Gracias a la luz de la gran farola pude comprobar la maravilla que nos había dejado la madrugada, un paisaje blanco, completamente blanco. Parecía como si el mejor pastelero del mundo hubiese echado el ingrediente más dulce encima de todos los tejados de la ciudad. Una sonrisa sencilla y una mirada inocente surgió en mi rostro. Mis mejillas se desprendieron de la fría ventana. Eche un bote de canguro y me planté sola delante del guardarropa. Cogí mi jersey rojo de lana y un tejano. Los guantes de felpa grises y la bufanda. ¡Lista! Me calcé y me eché a la calle sin miedo. El frío me calaba hasta el último hueso de mi menudo cuerpo. La calle desierta dormía plácidamente. ¡Levántense todos!¡Corran! Me lancé de inmediato encima de la masa helada. Empecé a jugar con ella como una inocente alma feliz con el regalo que la noche le había dejado, justamente en la puerta de su casa. El regalo más querido que podrían traerte los Reyes Magos y sin embargo ni lo había pedido en mi carta. Sentía el frío en las orejas y las manos, heladas, tenían un suave rojizo que las adornaba.
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