viernes, 30 de septiembre de 2011

Cucharadas de café

Hoy me da por pensar. No sé, tengo ganas de pensar. Quiero sentarme, tomarme un vaso de leche templada, ni muy fría ni muy caliente y después de sentarme, mojar los labios en el pequeño vaso, quiero pensar, despacito, sin prisa, pero quiero pensar.
Lo primero que puede ocupar mi mente es el tiempo. ¡Como corre el maldito tiempo!Parece mentira lo rápido que pasa cuando lo pasas en grande y lo lento que transcurre cuando estas acongojado. El tiempo tiene la peculiaridad de ser pesado en un preciso momento o ser maravilloso y deseado como interminable en otro. Hay veces que la sensación del tiempo es como el aire, que no lo ves pero sabes que está allí. Te giras hacia atrás y empiezas a ver diapositivas de tu vida como si de una película se tratase de todos los momentos únicos que has vivido, porque así son, únicos, irrepetibles.
Después de mi aportación personal sobre el tiempo he vaciado media papelera. La otra media es invisible, tal vez, como el tiempo o tal vez porqué es tímida y no quiere dejarse ver.
Ayer escuché hueco en el cuerpo. Pregunté en la puerta de la agústia si había alguien pero nadie contestó. En ese preciso instante me di cuenta que al no responder nadie, el cuerpo estaba vacío. Un cuerpo sin su esencia, el alma. Era como si con una cuchara de tomar café hubieran vaciado lentamente ese cuerpo sin alma. El desierto que habitaba sobre él era inmenso, el mismo Sahara lo envidiaba en cuanto longitud. Descubrí que don Dolor había sacado cada una de las unidades materiales del cuerpo con esa triste y enana cuchara de café.

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